La figura se mueve distinto a las demás. El agua fría se escurre vertical, el frío dibuja las formas: me ví los pies con los ojos cerrados por la sensación de frío. Afuera: nieve, barro, agua fría.
Los vidrios vibran, castañeteando, cada vez que la figura marca, negra, la puerta. La puerta grita cada vez que viene. Trae leche, se mueve como el viento. La naturaleza del viento es como la del agua. El fuego no existe más.
Hay cosas penetrantes. Son afiladas, abstractas, y a la vez suaves, líquidas. Mis dedos en la leche abren una fisura que cicatriza; mi boca, en cambio, está quebrada. No se cierra.
El agua deja surcos, huellas; el frío se escurre. La pared se ahueca a mi espalda, cuando me deslizo hacia abajo, como el hielo, y me detengo. El barro sube a todas partes; también deja huellas.
El miedo es la figura con el tazón. Duele, golpes fríos que no penetran. La puerta se abre hacia la luz blanca, y después los golpes que se quedan en la superficie pero que envían algo intangible al interior, a las entrañas. Mientras, mis dedos juntan puñados de barro.
Oigo el gemido de la puerta, un golpe en la fisura de la boca. Me callo, dejo que mis dedos rasquen las grietas en los vidrios. La leche huele agria en el frío manchado.
La figura en la puerta es alguien. ¿Quién podría ser?¿El viento? No, no debo aturdirme. El agua y el viento tienen la misma naturaleza. Los vidrios, sucios de barro, gritan si los froto.
Ignoro si la sangre difiere del grito de la puerta. No es fría, pero deja de brillar enseguida. Los vidrios también se opacan. A la figura de la puerta no le gusta lo que tiene luz, provee el dolor si huele el barro con sangre. No le gustan los surcos de la lengua dibujando en las fisuras. Pero no puedo hacer nada, el blanco se mancha porque el barro sube; el agua fría baja un poco pero el barro la bebe. Aún no sé nada acerca de la naturaleza del barro.
Los vidrios manchados chirrian, saben abrir fisuras. El de la puerta y los vidrios están relacionados. Los cristales de agua no son como los vidrios, se suavizan. No soy capaz de hacerlos brillar.
La figura es como lo demás. No entiendo por qué resbaló de él el miedo. Si hubiera sido grieta, no se hubiera agrietado.
Ahora brilla; pronto se mezclará y apagará. Los dedos creyeron que dejarían al frío afuera.
La puerta quedó abierta. La luz es muy blanca, ciega. El barro es rojo.
La sangre es viscosa y deja huellas. La grieta de la figura de la puerta no se cierra; el frío no estaba dentro, pero los vidrios lo dejaron entrar. Se deslizó hasta el barro. Agrio como la leche. La puerta, ahora, grita con viento. Estaba equivocado: el vidrio es el agua, el fuego es la sangre.
La nieve y el hielo. He reflexionado. No más agua. No deslizar más el crujido del barro. He lamido los vidrios y ya no gritan. He salido por la luz de la puerta con el tazón de la leche. Pero ya no contendrá la mentira de lo blanco.
El frío de la nieve durará poco. La naturaleza de las cosas no es rígida, las cosas se penetran y se deslizan. Inmerso en la luz del mundo, voy a liberar el fuego.
TiTo A.



