DE RERUM NATURA

•abril 18, 2007 • 4 comentarios

   La figura se mueve distinto a las demás. El agua fría se escurre vertical, el frío dibuja las formas: me ví los pies con los ojos cerrados por la sensación de frío. Afuera: nieve, barro, agua fría.

   Los vidrios vibran, castañeteando, cada vez que la figura marca, negra, la puerta. La puerta grita cada vez que viene. Trae leche, se mueve como el viento. La naturaleza del viento es como la del agua. El fuego no existe más.

   Hay cosas penetrantes. Son afiladas, abstractas, y a la vez suaves, líquidas. Mis dedos en la leche abren una fisura que cicatriza; mi boca, en cambio, está quebrada. No se cierra.

   El agua deja surcos, huellas; el frío se escurre. La pared se ahueca a mi espalda, cuando me deslizo hacia abajo, como el hielo, y me detengo. El barro sube a todas partes; también deja huellas.

   El miedo es la figura con el tazón. Duele, golpes fríos que no penetran. La puerta se abre hacia la luz blanca, y después los golpes que se quedan en la superficie pero que envían algo intangible al interior, a las entrañas. Mientras, mis dedos juntan puñados de barro.

   Oigo el gemido de la puerta, un golpe en la fisura de la boca. Me callo, dejo que mis dedos rasquen las grietas en los vidrios. La leche huele agria en el frío manchado.

   La figura en la puerta es alguien. ¿Quién podría ser?¿El viento? No, no debo aturdirme. El agua y el viento tienen la misma naturaleza. Los vidrios, sucios de barro, gritan si los froto.

   Ignoro si la sangre difiere del grito de la puerta. No es fría, pero deja de brillar enseguida. Los vidrios también se opacan. A la figura de la puerta no le gusta lo que tiene luz, provee el dolor si huele el barro con sangre. No le gustan los surcos de la lengua dibujando en las fisuras. Pero no puedo hacer nada, el blanco se mancha porque el barro sube; el agua fría baja un poco pero el barro la bebe. Aún no sé nada acerca de la naturaleza del barro.

   Los vidrios manchados chirrian, saben abrir fisuras. El de la puerta y los vidrios están relacionados. Los cristales de agua no son como los vidrios, se suavizan. No soy capaz de hacerlos brillar.

   La figura es como lo demás. No entiendo por qué resbaló de él el miedo. Si hubiera sido grieta, no se hubiera agrietado.

   Ahora brilla; pronto se mezclará y apagará. Los dedos creyeron que dejarían al frío afuera.

   La puerta quedó abierta. La luz es muy blanca, ciega. El barro es rojo.

   La sangre es viscosa y deja huellas. La grieta de la figura de la puerta no se cierra; el frío no estaba dentro, pero los vidrios lo dejaron entrar. Se deslizó hasta el barro. Agrio como la leche. La puerta, ahora, grita con viento. Estaba equivocado: el vidrio es el agua, el fuego es la sangre.

   La nieve y el hielo. He reflexionado. No más agua. No deslizar más el crujido del barro. He lamido los vidrios y ya no gritan. He salido por la luz de la puerta con el tazón de la leche. Pero ya no contendrá la mentira de lo blanco.

   El frío de la nieve durará poco. La naturaleza de las cosas no es rígida, las cosas se penetran y se deslizan. Inmerso en la luz del mundo, voy a liberar el fuego.

TiTo A.

DOPPELGÄNGER

•abril 11, 2007 • 3 comentarios

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El recorrido nocturno de las líneas del subterráneo está habitado por una casta dedesdichados que vuelven de sus labores diarias, arrastrados en su vaivén desgastante por un sistema de transporte inclemente y sofocante en su recorrido, implacable y monótono en su constante devenir. He llegado a creer que el sistema mismo ha tomado vida propia, y liberado de las directivas de técnicos y burócratas, ha optado por desatar su impiedad sobre las masas de miserables que se ven inevitablemente obligados a viajar, por una razón o por otra, a través de sus entrañas. Sin saberlo yo, aquel laberíntico monstruo ya tenía reservado para mí un castigo especial, un descubrimiento de horror y locura del cual no se puede escapar, pues así está hecho el sistema, y este Caronte sólo acepta el sufrimiento como moneda de pago por sus servicios.

En una noche indistinguible de otras noches esperaba yo el tren junto a otros viajantes. Los dispositivos ciclópeos que reserva la bestia para controlar la espera repetían en interminables ciclos el lapso estimado de llegada entre un tren y otro. Con certeza automática, nuestro transporte llegó tal cual lo indicado y alejándome con prisa de aquellos oráculos catódicos, tomé mi asiento donde el azar me lo permitió. Hecha la señal, las puertas se cerraron, dando paso al traqueteo que sirve de preludio a la oscuridad.

El cruce entre una línea y otra es una sucesión de apuros, fastidios, empujones apenas disimulados, disculpas nunca enunciadas. Se corre por el andén, se acelera el paso en las escaleras mecánicas, se dobla, se gira, y se vuelve a doblar. Una vez hecho el cruce, se espera otro tren bajo la atenta mirada de nuevos cíclopes de cristal, y se repite la misma farsa: la entrada, la señal, las puertas en su cerrar (siempre sus puertas son puertas que se cierran), y el infinito andar entre penumbras. Nada nuevo, más que el mismo infierno de lo cotidiano.

Fue en la mitad de mi traslado cuando alcancé a ver desde mi asiento, en el andén de enfrente, a lo que sin duda se presentaba como una réplica exacta de mí, y tuve la irreal sensación de habitar en un espejo. Nadie parecía haberse anoticiado de aquel fenómeno (¿cómo hacerlo si nunca se alzan las miradas?); la perturbación estaba reservada sólo para mí.

A menudo encontramos parecido a un extraño cuyos rasgos lo disfrazan de alguien familiar, siendo desengañados poco después de examinarlo por esos mismos ojos que nos alertaron segundos atrás. Así quise creer, en defensa de mi cordura, que aquel Otro no era Yo, sino una ilusión de la memoria, el recuerdo de un recuerdo. Pero era imposible escaparle a la evidencia de que aquel Otro era Otro Yo. La siniestra revelación se vio interrumpida por el tren que llegaba para dirigirse en dirección opuesta a mi trayecto. Así vi como aquella réplica de mí subía y se alejaba, sin signos de haberme percibido, al igual que los demás. Quise gritar y señalarlo, descubrirlo en su impostura, culpar al monstruo desde sus entrañas por una ilusión tan perversa, estallar en aquel agujero infernal, salpicarlo todo con mis tripas llenas de furia y miedo. Pero no lo hice. No pude hacerlo. El tren siguió su marcha, y una daga invisible me apuñaló en el vientre.

El infinito había dictado su sentencia: en algún momento, aquel Yo vería a su réplica ubicarse en el andén opuesto, y esta última réplica vería a su vez a otra réplica de sí ubicarse nuevamente en el andén opuesto al suyo, y así sucesivamente, en un trayecto interminable de figuras en un juego de espejos que se reflejan a sí mismos ¿Cómo saber si no era Yo apenas otro duplicado en una línea que se aleja cada momento más y más de su punto original? La eterna condena de saberse siempre una versión incompleta de otra versión incompleta, la imitación de una imitación, para goce de vaya a saber qué criatura inmunda, qué universo malogrado, qué Dios de segundo orden. Una sola respuesta encontré a esos instantes de angustia y sudor: tenía que escapar.

Bajé antes de concluir mi recorrido, expulsado hacia las calles vacías (acaso otras formas de laberinto, otras formas de prisión), para nunca más volver a aquel engendro monstruoso, exiliado por siempre de sus tripas de concreto, de sus dientes de óxido y metal. Huyo desde entonces perdiéndome en un mundo de perdidos, recorriendo otros caminos sin volver mis pasos, esquivando las miradas. Huyo desde entonces, y vuelvo a huir, abandonado de todo, sabiéndome vencido por no poder jamás alcanzar la certeza de haber escapado de mí mismo.

Bruno Stapel

Invaginar

•abril 5, 2007 • 4 comentarios

Originalmente pensé esto buscando “cumplir la consigna” o al menos, plegarme al tema “subjetifvidad”.

Creí que había conseguido una buena aproximación, y en la semana siguiente apareció en mi mente el tema de la definición de límites entre lo que es y lo que no es yo. Ahora pienso que me aproximé más a ese tema, o que me acerqué a la consideración de la “subjetividad”, desde una perspectiva absolutamente sesgada por esta problemática… en fin…

 Rogelio

Mmm… parece una esfera….

O sea, no consigo verla desde todos lados al mismo tiempo, pero desde cada ángulo que la observo, quieta o en mis manos, parece redonda. Completamente redonda, o casi.

No: completamente.

O casi?.

Me encantaría poder verla desde todos lados al mismo tiempo. Tal vez con las manos.

Cierro los ojos y la muevo entre mis manos, la rodeo lo más completamente que puedo, pero la separación de mis dedos, y su misma forma irregular, me hace dudar de la precisión con que la capto.

Pero si, parece una esfera.

La textura es suave y resbala un poco entre mis dedos, no estoy seguro de la dureza final que pueda tener, por las dudas, no la apreto demasiado. Aunque apreto un poco más y no parece sufrir deformación.

O por ahí sí. ¿Son mis propios dedos los que se deforman, un poquito?

¿Es el calor de mi mano rebotando, esta temperatura que siento?

No estoy seguro tampoco de su tamaño: no es mucho más grande que mi mano, cuando la agarro.

Pero si la dejo y me alejo un poco se vuelve tanto mas pequeña…

En cambio si me acerco… si… ahora es más grande, más grande que todo lo que está atrás.

Ahora me tapa casi todo, por ejemplo.

¿Significa esto que es grande?

El color es indefinido: una especie de blanco cremita grisáceo por momentos… depende de la luz. Cuando le hago sombra cambian los matices, claro.

Podría decir que es blanco, pero necesitaría algo bien blanco para contrastar.

Tampoco pareciera tener un olor perceptible.

Definitivamente, es opaco. Cuando la sacudo, no parece hacer ruido.

No consigo ver si tiene algo dentro, ni qué.

Si es hueca, si está llena de agua con peces o de mijo.

Si es todo un cuerpo sólido de un mismo material. Vuelvo a apretar, a ver si hay diferencia de consistencia, pero este objeto se sigue revelando impenetrable a mis sentidos: aún no sé si la pequeña cesión que siento no es de mi propios dedos.

Al menos, sé que no es pesado.

Aunque eso depende de la cantidad de tiempo que lo sostenga.

No consigo saber nada de esta ¿esfera?.

Creo que el asunto está en la perspectiva: estoy intentando conocer un objeto externo que se muestra refractario a mis herramientas de percepción.

Siempre el mismo problema.

Y siempre la misma solución: debo reconocer que lo externo a mi es, por externo, ajeno e incomprensible.

Siempre habrá un lugar donde el fotón rebote y el ojo se detenga.

Un umbral de audición, un límite a mi fuerza.

Una otredad irreconciliable.

Un destino propio del objeto y sólo suyo, que no comparto.

Es siempre el mismo problema: lo que está afuera, lo que no es parte de uno, es irreconocible.

A fin de cuentas, las herramientas perceptivas son tanto más intensamente efectivas cuanto más cerca esté el objeto de conocimiento: tal vez no pueda ver lo que está demasiado lejos, lo que es demasiado chiquito, por debajo del infrarrojo por en cima del ultravioleta, pero sí puedo saber si yo mismo estoy frío, o cómodo, cuál es mi posición, mi tamaño… ¿quién sabe mejor que yo lo que pasa dentro mío?.

Por tanto, la solución sería que esté dentro.

Que sea parte.

Afortunadamente, mi mandíbula no es del todo fija, así que es cuestión de empujar un poco primero para abajo hasta que cede, estirando las mejillas lo necesario. El músculo macetero se resiste, tirando del cuero cabelludo de las sienes.

Las orejas vibran un poco cuando por fin calza en su límite, con un chasquido. Me pregunto si desde afuera se habrá escuchado tan fuerte como lo escuché yo.

Cuidado con los dientes… eso… aplanando la lengua, un movimiento de palanca, y recupero un poco de espacio en el ángulo, y ya está pasando hacia la glotis… sigue sin tener olor…

Una leve arcada al tocar la laringe, no mucho peor que al tomar una aspirina.

Curioso, porque hubiera jurado que era más grande que una aspirina…

Un segundito de asfixia cuando el paso por la tráquea, hasta que supera la epiglotis. Afortunadamente ya no me asustan esas cosas, sé que son pasajeras.

Otro momento más y, lentamente, ubicado ya de manera irreversible en el canal que va hacia el esófago, comienza a descender.

Al pasar cerca de las cuerdas vocales, las presiona un poco (así que sí debe ser más grande que una aspirina, nomás), e intento hablar sólo para moverlas y frotarlas contra su presión.

A ver qué sensación me produce, tratando de recaudar un poco más de información.

La voz me sale muy extraña, como bajo del agua, y me recuerdo que esto también es pasajero, pero me asalta una duda: ahora que el objeto es parte mía ¿habré cambiado?.

Siempre fuí yo, pero ahora soy yo más este objeto, que parece una esfera.

¿Mi ansia de saber me habrá hecho dar un paso irrevocable?

Lo que sabía de mi ¿seguirá siendo válido ahora?.

No distingo si esa presión que siento en el pecho es un súbito arrebato de angustia pasajera, o el paso del objeto, empujando mi corazón hacia los pulmones.

Eventualmente, se asienta.

En algún lugar profundo y oscuro de mis entrañas, encuentra un lugar estable y se aquieta.

Es el momento de retomar el proceso de conocimiento.

Lentamente, retiro el ojo de mi atención del mundo y lo vuelvo hacia dentro.

Me concentro en las sensaciones de mis vísceras, busco rastros de calor, de volumen, de sabor de textura… voy discerniendo, apartando las sensaciones conocidas en busca de lo nuevo, sé que está ahí… es cosa de encontrar un hilo y tirar de él… si.. si… ahí está, esa sensación es clara, y es nueva. Puedo empezar por ahí. Mm…

…parece una esfera…

TRIDIMENSIONAL

•marzo 30, 2007 • 4 comentarios

UNO

Él entra empujando la puerta con cierto grado de violencia. Pasa por mi derecha. Por el costado de la mesa, sin mirarme ni hablarme. Es más, se deja caer el pelo sobre la cara para ocultarme el gesto, la expresión. Se dirige directamente a los canastos en los que tiene que terminar de acomodar sus cosas. Yo sigo sentada y hago como que escribo, como si no me importara pero lo espío de tanto en tanto. Por un lado, quiero encontrar alguna señal de arrepentimiento, o intuir cuál es el costo que está pagando por ser el que define este abandono. Injusto abandono.

Mido las posiciones de los cuerpos para encontrar algún indicador de amor en toda esta situación. El mío se ha disparado hacia la tragedia. Las manos escriben en falso. El esternón, que estuvo apoyado con fuerza sobre el borde de la mesa, empieza a latir. Y ya no siento, sé: soy un fracaso. Mi vida es descartable como los cotillones de una piñata que asombran con los colores y ese caer mágico de golpe que, acto seguido, se convierte en basura.

DOS

Ella, tan segura, siempre tiene algo que hacer. La vida organizada. El día a día, el día entero desde que abre los ojos hasta que se acuesta. Hasta coger es una actividad anotada prolijamente en su agenda. Ahora escribe. No algo más, no un diario íntimo, ni una novela, ni un ensayo. Ella “escribe”. ¿Qué es más cierto que todo esto: poner mis cosas en un canasto, mis escasas cosas que naufragaron en este departamento abarrotado de todas sus cosas inventariadas, anotadas en algún documento inalterable? Esposos=1/Esposos=0.

Ni me registra. Podría empezar a empacar sus libros, por ejemplo. Pero qué más da. Al pedo espero que sea firme. Que me diga: hablemos. Y que quite toda esta carga de telenovela de la tarde, de heroína, chica lista sufrida pero tan íntegra. Somos adultos, pienso, podríamos evitarnos todo esto. Pero ya está todo pautado en el guión de su vida y, a decir verdad, me tiene podrido.

Voy a evitar la escena de bolero centroamericano “debemos separarnos, no me preguntes más”. Le informo a qué hora va a pasar el flete, apoyo el juego de llaves al lado de su cuaderno y me voy.

TRES

Una mujer escribe sobre la mesa del living. Por una puerta (atrás, a su derecha) entra un hombre. Él se dirige sin distraerse a unos cestos a medio llenar. Se turnan para mirarse disimuladamente. Sus ojos nunca se cruzan. Él termina de guardar algunos libros a los cuales revisa, hoja por hoja, antes de acomodarlos con el resto de las cosas que hay dentro de los canastos de mimbre. Ella levanta un par de veces la vista del cuaderno en el que escribe, pero enseguida retoma su actividad. La biblioteca va quedando esquilada, como mordida, mostrando el polvo de los huecos vacíos.

Cuando termina, él se acerca a la mesa, dice un par de palabras, deja un llavero encima del cuaderno. Abre la puerta y se va, sin cerrarla del todo bien.

Nove

POR SÍ O POR NO

•marzo 24, 2007 • 8 comentarios

Joel Peter Witkin

Tengo cinco o seis años. Mi padre -arreglador de electrodomésticos, zapatero, mecánico aficionado- tiene en el fondo de la casa su taller, abarrotado de objetos maravillosos: hormas de zapatos, tipos móviles de imprenta, válvulas catódicas, frascos con tornillos, revistas viejas, son los accidentes de una topografía inexplorada que me llama como una sirena en las horas de la siesta. Trepado a las endebles estanterías, extasiado, recorro los objetos, disminuzco de tamaño, me salgo de mí para convertirme en un ojo etéreo que no analiza, que absorbe simplemente las esencias de las cosas. El tiempo se convierte en un zumbido en los oídos; el pensamiento desacelera; los procesos fisiológicos van menguándose y al final sólo resta la respiración, el camino de los olores acres, húmedos, de las cosas guardadas. Entre la diversidad caótica de los bártulos del taller, una tarde descubro una revista pequeña en papel ilustración escondida detrás de una cajas llenas de retazos de cuero. Se trata de fotografías de gente en un día de campo: parece un pic-nic, una salida veraniega. Mientras hojeo la revista parado sobre un tambaleante banquito, observo, siempre un poco tarde, que esos jóvenes y esas muchachas están quedándose sin ropa. La desnudez, desprovista para mí todavía de toda carga obscena, se hace evidente recién en las últimas fotos, en las que incluso con la inocente despreocupación de mi edad me percato de que el centro de atención para los modelos de las fotos ya no son los manjares puestos sobre un mantel en el pasto, sino sus propios cuerpos.
Algo ensombrece la luz que se filtra por las rendijas del galpón, algo que todavía no tiene nombre pero que se manifiesta con violencia comienza a apoderarse del momento: me recuerda a esa noche que desperté con sed y entreví una agitación, un movimiento anómalo, en la cama de mis padres y, sin saber porqué, volví lentamente, sin hacer ruido, sobre mis pasos hasta mi cama; también se asemeja a la sensación que quedó en mí esa vez que un vecinito, en el patio del fondo, me mostró el pito y nos pescó mi madre, que lo echó de casa con una -para mí- exagerada violencia. La fotos son explícitas, es mi mente la que no posee los códigos para desentrañar qué está sucediendo en ellas: gente sin ropa haciendo cosas que no tienen sentido, mostrando partes del cuerpo que no tienen correlato en mi cuerpito subdesarrollado. Una de las últimas fotos es la más confusa: se trata del primer plano de una cabeza femenina, recostada en el césped, en cuya boca abierta está ingresando un objeto oblongo y rugoso que sale de entre las nalgas de alguien. Mi entendimiento no encuentra referencias para esa imagen y luego de unos momentos de confusión se obliga a una interpretación: se trata de una hoja seca lo que cae en la boca de la chica.
Poco tiempo después vuelvo a buscar la revista en el galpón, pero ya no la encuentro; seguramente mi padre ha descubierto mis pesquisas y en consecuencia la ha escondido en otro sitio. Pasan los años y esas imágenes quedan grabadas en mi cerebro justo por debajo del nivel de la conciencia, hasta que llega la pubertad. Un levísimo agitarse de flúidos en mi interior, aún imperceptible, ha comenzado impulsado por los sutiles relojes biológicos que se están despertando en mis glándulas. Una tarde, de golpe, la imagen olvidada regresa a mi mente con sus colores y sus brillos húmedos aún más vívidos y, lo que es mucho más fuerte, con su sentido corregido por la experiencia: el objeto amarronado y rugoso que se cuela en la boca abierta de par en par de la señorita no es una hoja seca, se trata de un sorete saliendo del culo de alguien. La revelación me deja en un estado de terrible conmoción; una mezcla de angustia, culpa y atracción por lo pecaminoso de la escena tal que hasta mis padres, por demás desentendidos de mi desarrollo íntimo espiritual, se preocupan por mi conducta. Sueños, fantasías y angustiosas imágenes recurrentes se dan turno para atormentarme sin tregua. No es que la coprofagia -que en este momento, para mí, carece de nombre y de valoración moral- se haya convertido en una obsesión, pero llena el campo de mi poco desarrollada sexualidad hasta casi hacerlo estallar.
Luego de algún tiempo la potencia de aquella imagen cede; el conocimiento de otras prácticas sexuales va suavizando la fuerza de la foto; el mundo pierde inocencia y todo aquello que se destacaba por su condición extraordinaria va ocupando un lugar menos importante en el sistema que se arma de a poco en mi espíritu. Pero la situación se repite cuando pasan algunos años más: un día, perdido en reflexiones sin mayor valor, mi mente recupera del inconsciente aquella vieja imagen. Como si la tuviera ante mis ojos, la muchacha rubia, de pelo corto, sigue abriendo la boca a la peor de las aberraciones; el objeto marrón pende de unas nalgas, siempre a punto de caer, estático, con la fuerza de un símbolo. La imagen es la misma pero podría ser cualquier otra ya que yo soy otro, y he pasado por varias otredades a lo largo de mi desarrollo, hasta este momento. Todo es cuestión de interpretación: la imagen ha cambiado sin que ninguno de los elementos que la componen se haya movido; el objeto que entendí como un sorete no es tal; esas rugosidades, esa forma, esos colores amarronados tampoco corresponden a una hoja seca; se trata de algo que he aprendido a reconocer, una forma extremadamente familiar: un erecto miembro masculino. En mi mente ya adulta, la foto pornográfica conservada tantos años describe con precisión detallada una chupada de pene en una posición forzada por las exigencias del encuadre.
Mi mente infantil, casi del todo ignorante de cuestiones genitales, entendió antes los códigos de la aberrante coprofagia -más cercana a las primitivas búsquedas del placer pueril- que los de la mucho más tolerada fellatio. Ahora creo que el mal y la inocencia, la perversión y la sencillez, son caras de la misma moneda.

TiTo A.

Profanando la literatura

•marzo 23, 2007 • 2 comentarios

Este pequeño blog-taller está lejos de honrar los aspectos literarios de nuestra cultura. De hecho, viene a ser todo lo contrario. Se trata de ser irrespetuosos – antes que nada por nuestras propias limitaciones – ante el Arte escrito así, con mayúscula. Los textos publicados están hechos con el cuerpo, desde las tripas. Y como esas entrañas pertenecen a gente imperfecta, salen textos imperfectos. Y de eso se trata, ni más ni menos. Este blog no se toma en serio, ni a sí mismo ni a nada. Es un aquelarre: sucio, desparejo, dionisiaco, oculto, oscuro. Pero no se preocupen, que no hay nada que temer. Considérense invitados a unirse a la salamanca. Después de todo, es sólo literatura.