POR SÍ O POR NO

Joel Peter Witkin

Tengo cinco o seis años. Mi padre -arreglador de electrodomésticos, zapatero, mecánico aficionado- tiene en el fondo de la casa su taller, abarrotado de objetos maravillosos: hormas de zapatos, tipos móviles de imprenta, válvulas catódicas, frascos con tornillos, revistas viejas, son los accidentes de una topografía inexplorada que me llama como una sirena en las horas de la siesta. Trepado a las endebles estanterías, extasiado, recorro los objetos, disminuzco de tamaño, me salgo de mí para convertirme en un ojo etéreo que no analiza, que absorbe simplemente las esencias de las cosas. El tiempo se convierte en un zumbido en los oídos; el pensamiento desacelera; los procesos fisiológicos van menguándose y al final sólo resta la respiración, el camino de los olores acres, húmedos, de las cosas guardadas. Entre la diversidad caótica de los bártulos del taller, una tarde descubro una revista pequeña en papel ilustración escondida detrás de una cajas llenas de retazos de cuero. Se trata de fotografías de gente en un día de campo: parece un pic-nic, una salida veraniega. Mientras hojeo la revista parado sobre un tambaleante banquito, observo, siempre un poco tarde, que esos jóvenes y esas muchachas están quedándose sin ropa. La desnudez, desprovista para mí todavía de toda carga obscena, se hace evidente recién en las últimas fotos, en las que incluso con la inocente despreocupación de mi edad me percato de que el centro de atención para los modelos de las fotos ya no son los manjares puestos sobre un mantel en el pasto, sino sus propios cuerpos.
Algo ensombrece la luz que se filtra por las rendijas del galpón, algo que todavía no tiene nombre pero que se manifiesta con violencia comienza a apoderarse del momento: me recuerda a esa noche que desperté con sed y entreví una agitación, un movimiento anómalo, en la cama de mis padres y, sin saber porqué, volví lentamente, sin hacer ruido, sobre mis pasos hasta mi cama; también se asemeja a la sensación que quedó en mí esa vez que un vecinito, en el patio del fondo, me mostró el pito y nos pescó mi madre, que lo echó de casa con una -para mí- exagerada violencia. La fotos son explícitas, es mi mente la que no posee los códigos para desentrañar qué está sucediendo en ellas: gente sin ropa haciendo cosas que no tienen sentido, mostrando partes del cuerpo que no tienen correlato en mi cuerpito subdesarrollado. Una de las últimas fotos es la más confusa: se trata del primer plano de una cabeza femenina, recostada en el césped, en cuya boca abierta está ingresando un objeto oblongo y rugoso que sale de entre las nalgas de alguien. Mi entendimiento no encuentra referencias para esa imagen y luego de unos momentos de confusión se obliga a una interpretación: se trata de una hoja seca lo que cae en la boca de la chica.
Poco tiempo después vuelvo a buscar la revista en el galpón, pero ya no la encuentro; seguramente mi padre ha descubierto mis pesquisas y en consecuencia la ha escondido en otro sitio. Pasan los años y esas imágenes quedan grabadas en mi cerebro justo por debajo del nivel de la conciencia, hasta que llega la pubertad. Un levísimo agitarse de flúidos en mi interior, aún imperceptible, ha comenzado impulsado por los sutiles relojes biológicos que se están despertando en mis glándulas. Una tarde, de golpe, la imagen olvidada regresa a mi mente con sus colores y sus brillos húmedos aún más vívidos y, lo que es mucho más fuerte, con su sentido corregido por la experiencia: el objeto amarronado y rugoso que se cuela en la boca abierta de par en par de la señorita no es una hoja seca, se trata de un sorete saliendo del culo de alguien. La revelación me deja en un estado de terrible conmoción; una mezcla de angustia, culpa y atracción por lo pecaminoso de la escena tal que hasta mis padres, por demás desentendidos de mi desarrollo íntimo espiritual, se preocupan por mi conducta. Sueños, fantasías y angustiosas imágenes recurrentes se dan turno para atormentarme sin tregua. No es que la coprofagia -que en este momento, para mí, carece de nombre y de valoración moral- se haya convertido en una obsesión, pero llena el campo de mi poco desarrollada sexualidad hasta casi hacerlo estallar.
Luego de algún tiempo la potencia de aquella imagen cede; el conocimiento de otras prácticas sexuales va suavizando la fuerza de la foto; el mundo pierde inocencia y todo aquello que se destacaba por su condición extraordinaria va ocupando un lugar menos importante en el sistema que se arma de a poco en mi espíritu. Pero la situación se repite cuando pasan algunos años más: un día, perdido en reflexiones sin mayor valor, mi mente recupera del inconsciente aquella vieja imagen. Como si la tuviera ante mis ojos, la muchacha rubia, de pelo corto, sigue abriendo la boca a la peor de las aberraciones; el objeto marrón pende de unas nalgas, siempre a punto de caer, estático, con la fuerza de un símbolo. La imagen es la misma pero podría ser cualquier otra ya que yo soy otro, y he pasado por varias otredades a lo largo de mi desarrollo, hasta este momento. Todo es cuestión de interpretación: la imagen ha cambiado sin que ninguno de los elementos que la componen se haya movido; el objeto que entendí como un sorete no es tal; esas rugosidades, esa forma, esos colores amarronados tampoco corresponden a una hoja seca; se trata de algo que he aprendido a reconocer, una forma extremadamente familiar: un erecto miembro masculino. En mi mente ya adulta, la foto pornográfica conservada tantos años describe con precisión detallada una chupada de pene en una posición forzada por las exigencias del encuadre.
Mi mente infantil, casi del todo ignorante de cuestiones genitales, entendió antes los códigos de la aberrante coprofagia -más cercana a las primitivas búsquedas del placer pueril- que los de la mucho más tolerada fellatio. Ahora creo que el mal y la inocencia, la perversión y la sencillez, son caras de la misma moneda.

TiTo A.

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~ por los4f en marzo 24, 2007.

8 comentarios to “POR SÍ O POR NO”

  1. Ahora si empezamos, y ahora que lo pienso… que manera de empezar!.

    El relato en sí me gusta: el objetivo de mostrar la polivalencia de un mismo recuerdo y cómo su interpretación está plenamente mediatizada por el bagage propio del intérprete, incluso asociando emociones violentas que luego se revelan insostenibles, no correspondientes, está muy bien logrado a mi gusto.
    Y la narración es sostenida.
    (Paréntesis): la tipografía pequeñita y fondo negro atentan contra mi comodidad para leer).

    Como crítica negativa, indicaría dos cosas. Una: Tito!! está muy mal que comas caca!!

    (el tipo no había entendido nada)

    Dos: El párrafo final tiene: – una explicación, explicitación que me gusta más en general que vaya en el cuerpo del relato, tejiéndose, y – Un final que es más una “conclusión personal” que una “conclusión literaria”.
    Combina con el título, pero siento qu eso no alcanza para darle “punch” (odio el término, pero es efectivo y me disgusta menos que “slash”), con lo que en el final un poco se diluye la fuerza del resto del relato – reflexión.
    Seguimos…

  2. Creo que ir explicitando el mecanismo de cómo muta el recuerdo le quita fuerza al texto. Es, a mi entender, una manera de “hacer más liviana” la imagen de “comer caca”.

    Me recuerda un evento en casa. Mi hijo se juntó con sus amigos, tendrían 5 años. Yo trabajaba en el living mientras ellos jugaban en la habitación. En un momento escuché que estaban mostrándose “el pito”. Mi primera reacción no fue la de censurar. Lo pensé como algo normal. Sin embargo, no me quedé tranquila y enseguida consideré qué pensarían otros padres si se llegaran a enterar de que en MI casa ESOS juegos estaban permitidos. Así “proyecté” mi propia censura en la posible censura de otros.

    ¿Qué tiene que ver? No sé. Pero siento que “explicar” es atajarse a la posible censura de otros.

  3. Soy el primero en reconocer los defectos atribuídos a este texto. Sin embargo, la intención del mismo nunca fue escandalizar, ni hacer que la estructura narrativa devorara a la sinceridad de la anécdota; incluso el enrarecimento torpemente barroco que le noto, está más en función de alejarse de cierto naturalismo falso que suele utilizarse cuando el actor del relato es un niño -como si el narrador tuviera que infantilizarse para poder expresar experiencias infantiles. La explicación del proceso de reinterpretación de la imagen describe un proceso real, autobiográfico, y ésa es la intención primera del texto. Y sí, tal vez la tercera, “definitiva” lectura de la foto, haya aparecido como un antídoto a la culpa de descubrir la segunda, perversa interpretación. No lo sé, siento que ya estoy entrando en los terrenos íntimos del psicoanálisis, y como Melquíades, huyo hacia la izquierda.

  4. tengo la mente podrida, yo lo primero que pense fue eso, coprofagia y que el padre de este pibe era un zarpado…igual nunca vi a nadie comer la mierda de otro, en el sentido literal, obbbvio.
    Me gusto la historia, hasta pude recordarme espiando a papa mientras miraba 9 semanas y media.

  5. Va este puñado de versos sueltos como pequeño homenaje inaugural.

    Ademas el nombre del lugar es tentador , en la wikipedia un fragmento de la definicion de La Salamanca es el sig:”…allí se reúnen para instruirse en la brujería calcus, hechiceros, adivinos, brujos, animales colaboradores y espíritus.
    Reina allí un gran alboroto de risas, gritos y llantos. Los concurrentes pueden aprender artes como la curandería y el idioma de los animales, o simplemente a hacer daño”

    Inmediatamente pense que la misma se aplica perfectamenta por ejemplo a su fiesta de cumpleaños , la proxima vez acudire mas predispuesto…
    Saludos.

    Junte puñados de arena
    En mis manos bien cerradas
    Con el amor paso igual
    Abrí las manos y nada

    De pronto me a preguntado
    La voz de la soledad
    Si andaba buscando el cielo
    Y yo respondí, quizás.

    El cielo esta dentro de uno
    Y esta el infierno también
    El alma escribe sus libros
    Pero ninguno los lee

    A veces uno camina
    Entre la sombra y la luz
    En la cara la sonrisa
    Y en corazón la cruz

    Me esta quemando en el pecho
    La copla de la vidala
    Ando solo por el monte
    No tengo bombo ni caja
    La vida es todo camino
    Todo arenal y distancia
    Y esta copla que me quema
    El corazón con su brasa

    Allá por sobre los montes
    La luna redonda pasa
    Hay quien pudiera tenerla
    Hay si la luna bajara
    Si la tuviera en mis manos
    Tendría la mejor Caja
    Para tocarla despacito
    Mientras suelto la vidala

    Para cantarle a Mailín
    Añatuya y a La Banda
    a Herrera, Suncho Corral
    A Salavina y Barrancas
    y andar por todo Santiago
    con una luna por caja
    después perderme en el monte
    buscando la Salamanca

  6. Acabo de borrar varias líneas de comment porque prefiero que sean líneas de mi próximo post, que vengo masticando hace unos días y que Tito me ha hecho escupir.
    Les voy a comentar algo bastante más sencillo y que no tiene nada que ver con eso.
    Hay una canción que creo que es de Los Rodríguez, que estaba de moda cuando yo tendría ocho o nueve años. En una parte dice “… y que abras esa botella, y brindemos por ella, y hagamos el amor en el balcón. Yo vivía en departamento en ese entonces, y me imaginaba como en un videoclip a una pareja fabricando algo en mi balcón con sus manos, como tejiendo algo, desmadejando y fabricando. Acto seguido, veía al “producto”, que era una cosa amorfa como un almohadón flojo que decía “amor” impreso en él. Para mí eso era hacer el amor en el balcón.
    Tiempo después, la escuché de nuevo. Y me pasó algo parecido a lo de Tito. Y reconocí lo que decía, y me acordé de mi videoclip. Y lo mandé a refilmar.

    Por otro lado, yo hacía ese tipo de expediciones en el galpón de mi abuelo, que inexorablemente duerme su siesta todas las tardes. Hasta tenía que planificar el robo de la llave del galpón, porque el viejo cerraba con llave cuando había nietos merodeando.

    Pero mi abuelo tiene las porno en una caja de cartón con bordes de metal, arriba del placard.
    .
    .
    .
    Por otro lado

  7. El “por otro lado” está demás, y no soy anónimo. Soy Pina.

  8. Peanuts! Perdón por la demora en contestar, es que, como me dijo un gallego el otro día, “he estao liadísimo”.
    Es muy bueno refilmar las películas, sucede justamente cuando cambiamos un paradigma, una clave para entender algo del mundo; también cuando descubrimos que la idea que teníamos de las cosas no era la adecuada… y tenemos los huevos para decidirnos a hacer borrón y cuenta nueva. Hay gente que no puede, qé vamos a hacerle.
    Los galpones del fondo son lo más. Hay varias categorías, creo que voy a detallarlas pronto, me gustó la idea.

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